Vivimos en un México, y también en un mundo, en el que las desigualdades en distintos ámbitos parecen ser cada día más patentes y amplias. A pesar de que la declaración universal de los derechos humanos dice que todas las personas hemos nacido iguales en dignidad, la realidad es que distintos tipos de desigualdades marcan nuestras vidas desde el mismo momento de nuestro nacimiento e incluso antes.

Por ejemplo, dos niños podrían nacer en distintas condiciones de salud porque la madre de uno de ellos tiene todos los cuidados y atenciones médicas necesarias para prevenir posibles problemas prenatales mientras que la madre del segundo no tiene oportunidad, ante la falta de acceso a los servicios de salud, de visitar al médico ni siquiera una vez durante todo su embarazo. Es claro que, desde su nacimiento, uno de estos niños llegará al mundo con desventajas que posiblemente determinarán bajas expectativas de bienestar material para el resto de su vida y lo condenarán a permanecer y morir en el mismo estado de pobreza en el que nació.

Así, parece entonces muy claro que existen cierto tipo de desigualdades que pueden ser trascendentales en la vida de las personas porque impactan de manera fundamental la forma que tomarán sus vidas. Incluso, tales desigualdades pueden ser tan profundas que pueden ser determinantes para evitar que un amplio grupo de personas puedan conservar su dignidad o mantener su autorrespeto como seres humanos. Por lo tanto, me parece que, como sociedad, estamos obligados moralmente a eliminar, o en su defecto mitigar, ese tipo de desigualdades.

Estoy convencido de que ninguna sociedad que reconozca que todos los seres humanos han nacido iguales en dignidad puede permitir que ésta se pierda tan sólo porque otro tipo de desigualdades impiden mantener dicha condición original. Así, me parece que uno de los objetivos centrales que debe imponerse toda sociedad que pretenda ser reconocida como ética es mantener y respetar la igualdad moral de todas las personas dotándolas de los instrumentos y los bienes sociales necesarios para ello.

Es decir, me parece que para mantener la dignidad y la igualdad moral de todos los seres humanos es necesario dotarlos de aquello que pueda ser considerado esencial que todos tengan. De hecho, me parece que la intención original del liberalismo político fue la de otorgar a todas las personas un estatus de igualdad política frente a la ley. Esa condición fue esencial para proteger las primeras libertades fundamentales reconocidas ampliamente en las sociedades. Así fue como nacieron entonces un conjunto de derechos igualitarios y libertades individuales reconocidos ya no solo en una moralidad o ética general sino ya dotados de carácter de ley. 

Dada la importancia original de dicho esquema igualitario de derechos y libertades éste fue protegido por los Estados a través de sus constituciones políticas. Nosotros mismos aquí en México, protegemos nuestro propio esquema igualitario de derechos y libertades por medio de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la cual nos concede a todas las personas una calidad de igualdad política.

Sin embargo, si bien dicho esquema fue concebido con la intención clara de conservar la igualdad moral y la dignidad de las personas, la evidencia empírica muestra que éste no es suficiente para conseguir un objetivo tan amplio. Paradójicamente, la igualdad política puede permitir que un grupo pequeño de personas se encuentre en una situación social de gran abundancia mientras que otro grupo, proporcionalmente mucho más amplio, puede encontrarse prácticamente en condiciones de pobreza, e incluso de indigencia.

Esa parece ser, precisamente, la situación social aquí en México ya que un grupo pequeño de personas tiene oportunidad de llevar una vida plena no sólo en libertades sino también en logros personales al mismo tiempo que decenas de millones de personas mexicanas se encuentran hoy en día en situación de pobreza sin ninguna oportunidad real de poder escapar a dicha situación. No obstante, para ambos grupos, sin distinción respecto a la condición, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos les reconoce un estatus de igualdad política y les garantiza, al menos en esencia, los mismos derechos y libertades de los que gozan todos los demás.

Frente a esta diferencia tan abismal en la forma en que dos personas pueden vivir sus vidas estamos obligados a preguntarnos: ¿Cómo podríamos afirmar que dos personas conservan su dignidad y su estatus de igualdad moral cuando sólo una de ellas tiene todas las libertades y las oportunidades reales necesarias para perseguir y realizar todos sus fines de vida, sin importar qué tan amplios sean éstos, mientras que la otra con grandes dificultades consigue solamente no morir de hambre o de una enfermedad de fácil prevención? ¿Cómo podríamos defender lo mismo cuando un niño que ha nacido en la abundancia tendrá todas las oportunidades para ser y hacer todo lo que quiera en la vida mientras que otro que ha nacido en la pobreza tendrá grandes dificultades para poder terminar siquiera la educación básica?

Me parece que ante dicha situación es muy difícil defender éticamente que como sociedad hayamos protegido adecuadamente, a través del esquema de igualdad política garantizado en la Constitución, la dignidad y el estatus de igualdad moral de todas las personas. El mero discurso político a menudo se encuentra atrapado con ese tipo de falacias, pero el discurso ético, que a menudo contradice al político, siempre debe ser riguroso y objetivo. Así, ante el claro fracaso de la igualdad política como instrumento principal para mantener la dignidad y la igualdad moral de todas las personas, me parece que éticamente estamos obligados, como sociedad, a buscar otras alternativas ante fines tan amplios y legítimos.

Dr. Manuel Berumen Resendes

Nota: Este texto forma parte de mi Blog, un espacio de reflexión sobre psicoterapia, ética, economía, filosofía, sociedad y vida pública.