Los últimos días he sentido una tristeza profunda que me ha llevado a tener un llanto intermitente que puede aparecer en cualquier momento. Lo hace si estoy leyendo, pero también lo hace si estoy preparando mi comida. Lo ha hecho al estar viendo una serie y también al estar abrazando a mis perros. Lo cuento porque, además de expresar mi sentir, quiero reflexionar un poco en otro asunto.
Me doy cuenta de que las personas no solo tenemos problemas para expresar nuestras emociones que no son tan agradables, sino que socialmente también existe bastante renuencia para escuchar a otras personas expresar ese tipo de emociones. Es decir, al expresar públicamente que se está triste suceden simultáneamente dos cosas: por un lado, se genera cierta empatía que se muestra con gestos de apoyo, pero por otro lado genera un sentimiento de rechazo porque, muchas veces sin darse cuenta, las personas interpretan esa expresión como dramatismo, falta de resiliencia, negatividad o debilidad humana.
Es por eso por lo que he sentido la necesidad de escribir haciendo una especie de defensa tanto de la tristeza como de su propia expresión. Para empezar, la tristeza, como tal, es una emoción humana esencial. Aparece naturalmente ante eventos de pérdida, de frustración, cuando vivimos una separación o cuando algo que considerábamos muy valioso en nuestra vida ya no está o se ha desvanecido.
La tristeza es muy valiosa porque es la que nos invita a detenernos un momento en el tiempo, a reflexionar sobre lo ocurrido y a empezar a aceptar aquello que se ha perdido. También es la que nos permite reorganizarnos como personas, como seres humanos frágiles que necesitan ser vistos, cuidados, amados. Incluso existen estudios que muestran que la tristeza tiene la facultad de hacernos más atentos a la realidad, de ayudarnos a reaccionar con menos impulsividad, de reducir nuestros errores de juicio y que nos volvamos más cuidadosos con nuestros vínculos interpersonales.
Quizá existe también rechazo por la tristeza porque a menudo es confundida con la depresión. Pero, a diferencia de esta última, la tristeza sí constituye una respuesta completamente normal y comprensible en determinados momentos como los que mencioné antes. Mientras que la depresión sí implica repetición o constancia, deterioro funcional, alteraciones conductuales y cognitivas, y una pérdida de la propia capacidad de funcionar como individuo.
Es por eso por lo que no debemos ver la tristeza como una enfermedad, porque no lo es. La tristeza es una emoción natural que nos hace detenernos momentáneamente, que nos obliga a resignificar nuestra historia, a revisar nuestras propias expectativas y a reconocer que somos seres que necesitan ser consolados, escuchados, cuidados, reconocidos y también amados.
Debemos ver con recelo una cultura que solamente espera y celebra que mostremos alegría, éxitos, realizaciones. Debemos rechazar ese tipo de positividad tóxica que nos orilla a empobrecer la experiencia humana y niega el valor inconmensurable de ciertos tipos de emociones humanas. Es a través de emociones como la tristeza que los seres humanos podemos entender en toda su dimensión todo aquello que hemos amado, todo lo que hemos perdido para siempre y todo lo que aún tenemos y merece ser cuidado y protegido.
Manuel Berumen Resendes