Contra la normalización de la violencia

Una reflexión a partir del secuestro de la periodista Roxana Guzmán Ramírez

Recientemente pudimos ver un video en el que un grupo de personas armadas destruyen las chapas de la puerta del domicilio de una periodista con el claro objetivo de entrar y levantarla o secuestrarla. Roxana Guzmán Ramírez es directora de Pulso Informativo del Sureste y tiene su domicilio en Nanchital, Veracruz. En el video se observa cómo al menos tres hombres con pasamontañas ingresan a la fuerza en su casa y se la llevan por la fuerza.

Quizá podemos pensar que esto forma parte de nuestra vida normal. No porque sea algo que esperamos que nos pueda suceder a cualquier persona, en cualquier momento. Yo creo que muchas personas no vivimos pensando que alguien entrará con violencia en nuestra casa para llevarnos y secuestrarnos. Pero si lo pensamos, si imaginamos que lo estamos viviendo, sin duda nos invadirá un sentimiento de terror y miedo casi incontrolables.

Cuando pensamos en normalidad, en realidad estamos pensando en que esto es algo que, si bien es poco probable que me suceda a mí, es casi 100 por ciento seguro que sí le esté sucediendo a alguien más en el país. Eso es lo que significa normal en nuestro contexto social actual. La violencia es normal porque es real, común, permanente desde hace décadas, no algo excepcional, ni esporádico, o algo que esperemos que vaya a terminar pronto.

Las personas que no nos tocó nacer cuando la violencia ya era una norma, aún podemos recordar el fuerte sentimiento de asombro y lo difícil que nos era asimilar la noticia de un secuestro, de un asesinato, de una persona decapitada o desaparecida. Incluso, ese tipo de noticias, por sus características, eran señaladas de sensacionalistas. Y por supuesto que lo eran, pero ahora ya no lo son: son tan normales como escuchar las peleas políticas de cada día.

No era normal para nuestro sistema nervioso ni cognitivo procesar ese tipo de información y, por lo tanto, era algo que nos dejaba con sentimientos extraños por días enteros hasta que finalmente terminábamos asimilándolo. Hoy en día, parece que nuestro sistema ya está programado para aceptarlo, asimilarlo y procesarlo casi de inmediato. Porque, además, seguramente mañana o pasado mañana nuevamente tendremos que procesar otra noticia similar. Lo cual muestra que la violencia también nos ha reprogramado psicológica y cognitivamente. Si no se hubiera dado esta reprogramación no podríamos existir sabiendo de tanta violencia cada día.

Sin embargo, si bien esta reprogramación era necesaria como una forma de autoprotección, eso no implica que tengamos que aceptar éticamente lo que está sucediendo socialmente y lo que nos está sucediendo internamente a nosotros. La historia de la humanidad nos muestra cómo distintas comunidades violentadas o atacadas han tenido que desarrollar mecanismos psicológicos como estrategia para evitar su propia autodestrucción ante el horror de sus vivencias y experiencias.

Los mexicanos también lo hemos hecho, y no porque vivamos, por ejemplo, algo equiparable a los procesos históricos de comunidades que han estado sometidas a extrema violencia colectiva, sino porque vivimos día a día al menos siendo testigos de la destrucción de vidas humanas. Pero otras muchas personas y familias no son meras testigos, sino víctimas directas de toda esa violencia. Todas las personas en México, en una u otra medida, directa o indirectamente, vivimos en medio de una violencia a la que no parece vislumbrársele el fin.

Lo que no podemos permitirnos es que nuestras defensas psicológicas naturales nos arrastren poco a poco a una condición de indiferencia. No podemos permitirnos dejar de entender la gravedad que implica cualquier acto externo que pone en riesgo nuestra seguridad, nuestra integridad, que aterroriza a nuestras familias o que nos quita de plano la libertad o la vida. Cualquier ataque hacia una persona no solamente es contra esa persona, sino contra toda la sociedad; es contra toda la humanidad. Es algo que debe dolernos e importarnos a todas las personas.

Debemos decirlo con contundencia: ninguna forma de violencia es aceptable tan solo porque es frecuente y forma parte de nuestras vidas. Una cosa es que hayamos aprendido a procesarla y otra muy diferente que empecemos a justificarla. La violencia de la que es víctima en este momento Roxana Guzmán Ramírez y su familia no solo es importante porque ella es periodista. Es importante porque ella es una persona, un ser humano.

No puede haber de nuestra parte una resignación a que este es, simplemente, el momento o el lugar en el que nos ha tocado vivir. No podemos resignarnos a un país en el que la violencia, el miedo y el horror son los que dictan la forma en que podemos existir. Aun por muy frecuente y cotidiano que sea, nunca podrá ser aceptado como normal cualquier acto que destruya nuestra dignidad como seres humanos, nuestra libertad como individuos y como sociedad, y nuestro derecho a vivir sin la más mínima forma de violencia.

Dr. Manuel Berumen Resendes