Las personas somos portadoras tanto de razón como de voluntad. Es decir, tenemos la capacidad de tomar decisiones que consideramos pueden ser las mejores para nosotros. Pero, de igual manera, también llevamos algo muy dentro que nos impulsa a ser el tipo de personas que consideramos valioso ser y hacer todo aquello estimado como importante y significativo para nosotros.

Por medio de nuestra razón somos capaces de concebir fines y objetivos, plantearnos proyectos de vida importantes y planear detalladamente cómo ejecutarlos; mientras que, a través de nuestra voluntad generamos el deseo de realizarlos, vivirlos y disfrutarlos. Estos dos elementos son los que le dan sentido al sentimiento de querer ejercer la libertad.

Cuando enfrentamos una situación en la que estamos siendo coaccionados para no realizar nuestros fines y deseos entonces nuestra razón y voluntad son atacadas. Lo cual nos pone en una situación especialmente compleja porque nos enfrentamos rápidamente a dos posibles escenarios nada alentadores. Ninguno nos libra de sufrir un desgaste emocional y cognitivo significativo, pero al menos, uno de ellos, sí nos permitirá recobrar plenamente nuestra libertad en algún momento.

El primer escenario supone aceptar la coacción, por medio de la resignación, ya sea porque materialmente es imposible escapar de ella o porque es tanta nuestra vulnerabilidad psicológica que hemos adoptado la creencia de que la situación forma parte natural de nuestra vida. Incluso, podemos sentir que cambiar el estado de las cosas podría arrastrarnos a una situación en la que ya sea nuestra integridad física y moral, nuestra dignidad y autoestima, o todas ellas juntas, quedarían gravemente comprometidas. En ese caso, aceptaríamos la pérdida de la libertad para no perder también otros bienes morales muy valiosos.

El segundo escenario supone que se tiene una consciencia amplia y clara de lo injusta y violenta que es la coacción. Pero, saberlo, automáticamente nos pone en una posición de defensa y ataque ya que ningún ser humano, en condiciones de saberse libre por derecho, está dispuesto a perder su libertad tan solo porque a alguien le molesta que se tenga. Piense, por ejemplo, en una mujer recién casada a quien el marido trata de convencer veladamente para que abandone la universidad o su trabajo. Si es consciente de que está siendo coaccionada para no realizar un fin valioso para ella, se negará contundentemente a aceptarlo, aunque la coacción esté escondida en argumentos de supuestos fines más amplios como “el bien de la familia”. Si, por el contrario, no es consciente de la coacción porque también ella está convencida de que hay que hacer sacrificios en nombre de la familia, o por el bien de esta, entonces nos encontramos en otro escenario muy importante que también requiere una reflexión profunda, pero que se escapa, por el momento, al alcance de este escrito.

Ninguno de estos dos escenarios planteados nos da alguna perspectiva alentadora. En el primer caso, la aceptación de la coacción conlleva nuestra destrucción psicológica. Una destrucción que no se da solamente por el hecho de que dejamos de hacer aquello que valoramos sino, también, porque, en este estado de vulnerabilidad psicológica se desencadena, como consecuencia, un proceso en el que dejamos de desear hacerlo.

Es decir, si la coacción se prolonga a lo largo del tiempo, por lo menos el suficiente para destruir nuestras defensas psicológicas, entonces ya no solo estamos expuestos a los obstáculos externos. Ahora, también estamos expuestos a nuestro propio desgaste interior al intentar sostener unos fines que nos son extremadamente costosos emocional, cognitiva y materialmente cuando, además, puede ser que sea realmente imposible hacerlo.

En un estado de cosas así, las personas estamos entonces expuestas a una situación de tanta vulnerabilidad psicológica que parece ser más racional aceptar y adaptarse a una realidad que escapa por completo de nuestro control. Una realidad en la que es mejor expulsar de nuestro ser la ambición de alcanzar dichos fines y deseos para no tener que enfrentar el conflicto que puede implicar luchar por ellos ya que las consecuencias de hacerlo pueden ser muchas y temibles. Por ejemplo, la violencia física o psicológica que puede devenir por oponer resistencia a no hacer lo que otra persona considera que debo hacer.

Otra consecuencia puede ser también vivir bajo amenaza constante de perder algo o a alguien si nos empeñamos en realizar aquello que queremos. Muchas personas prefieren dejar de perseguir sus propios fines y dejar de desear aquello que valoran porque les es muy difícil siquiera pensar en una separación con su pareja. Así, prefieren satisfacer los fines y deseos de esta a los suyos propios. Muchas veces esto se justifica detrás de una visión romantizada de la relación de pareja en la cual ese tipo de autosacrificios se consideran normales. Esta normalización proviene de una creencia equivocada que afirma que el autosacrificio de los fines propios constituye en sí mismo una muestra del enorme y sublime amor que se le tiene a la otra persona.

El proceso de coacción puede radicalizarse hasta llegar al punto donde nos es material y psicológicamente imposible realizarnos como personas. Puede ser más fácil dejar de desear aquello que se nos vuelve inalcanzable, incluso algo que, para cualquier otra persona pueda ser sencillo y simple de tener o hacer. Por ejemplo, este proceso lo podemos observar en personas en situación de calle para quienes desear algo tan simple como tener ropa limpia, dormir en una cama, tener un lugar para resguardarse, un plato de comida caliente o tomar un baño todos los días es algo imposible. En ese caso, para ellas es mejor dejar de desear algo que es inalcanzable y que hará que la vida se vuelva intolerable al seguir aspirándolo y finalmente nunca tenerlo.

Es decir, puede darse una maniobra dolorosa dentro de la persona que la lleva a matar sus propios deseos para no vivir permanentemente confrontada y con un sentimiento de derrota constante. No obstante, la pérdida del deseo, mediante el estrangulamiento obligado, no puede entenderse como un acto de libertad. No puede entenderse así ni en el ámbito social como el caso de las personas en condición de calle, ni tampoco en el caso de las relaciones interpersonales, como el caso de la mujer casada a la que le prohíben ser y hacer lo que ella valora.

Sí es verdad que le quito cierto poder sobre mí a quien me coacciona si no deseo ya nada porque entonces ya nada puede quitarme. Sí he adquirido cierto poder al quitarle el instrumento con el cual me sometía, sin duda. Lo cual podría dar la aparente sensación de que en ese sentido me he liberado de la persona. Pero en realidad lo que ello estaría mostrando es el grave daño psicológico que he sufrido al vivir sometido a la coacción. He tenido que matar una parte de mi propio ser para conservar otra parte de mí mismo.

Así, pareciera que frente a una coacción absoluta la única forma de seguir siendo libre es dejando de desear aquello que se me niega y prohíbe, porque al haber perdido el deseo entonces ya no tiene con qué dominarme. Pero de ninguna manera esto puede ser visto ni valorado como un acto de libertad, ni tampoco de liberación. A lo más constituye solamente un refugio para conservar una pequeñísima parte de mí cuando he caído en una situación en la que alguien ha tomado un gran control sobre mi propia vida.

Sin embargo, si bien esta retirada hacia el yo interno, puede ser que no constituya la verdadera libertad sí puede tener un sentido de utilidad para alcanzarla. Por ejemplo, pensemos en una persona que debido a la coacción de la que ha sido objeto durante muchos años por parte de su pareja ha perdido gran parte de su autonomía y ha generado una profunda dependencia emocional al grado de haber perdido casi por completo su propia identidad.

En un caso así, el aislamiento emocional y la retirada al yo interior pueden ser esenciales para empezar a recobrar una libertad más amplia y verdadera. Sobre todo, si se hace con el acompañamiento profesional adecuado. Es decir, puede ser constitutivo de una sanación profunda que le devuelva a la persona elementos esenciales para luchar por salir de ese tipo de situación que la ha mantenido oprimida.

Dr. Manuel Berumen Resendes